ALMA VIVE DESCUBRIENDO SU MUNDO

Ojos color miel y cejas negras. Sus cabellos rubios se deslizan hacia sus hombros. Alma, pequeña niña, mirada de sabio corazón. Como todas las tardes contempla el ocaso con su habitual interrogante: ¿A dónde va tan seguro de sí mismo, el “señor disco de fuego”? Papá y mamá lo llaman, sol del atardecer...

¿Dónde estará el río del otro día que me acariciaba los pies mientras estaba aquí mismo a su orilla, sentada? Este corre muy rápido y se aleja de mis pies. ¿Habré hecho algo que no le gustó? ... Como dice mamá, vos: ¡Siempre haciendo cosas raras!... ¡Uy! que raro pensó Alma, esa vez no dijo: ... ¡Igualita a tu padre...!. Hoy definitivamente es un día raro, o, distinto...vivo y cambiante: como cualquier otro.

...¡Mamá! ... ¡Mamá! ¡El puentecito de colores!... vení por favor, enséñame a llegar a él…

¡Basta Alma! vení a poner la mesa, es sólo un arco iris.

¡No! ¡No!... mami... te digo que es el puentecito de colores para llegar al disco de fuego dorado y pasear por el cielo de cada uno. Tiene muchos colores porque hay distintas maneras de llegar a él. Vení mamá por favor, por lo menos enséñame una... ¿sí?

¿Adónde vas a ir a parar Alma con tantas... fantasías? Parar, parar... creo que nunca, pero ir, ¿adónde? Sino a mi lugar en el mundo para saltar a” mi cielo”. La tía Lola, mujer jovial y religiosa le había hablado tempranamente del “cielo”. Claro, Alma tenía su propia comprensión de él, particular sello que imprimía a su descubrimiento del mundo y a todas las “cosas” que reconocía. Ella no hablaba de cosas sino de seres y seresitos de todo lugar.

El río era su preferido, más aun cuando se enteró que había un mapa de él. Su tío Alejandro, alma de anciano maestro, le había dicho que era como una foto tomada de un espejo que achicaba la realidad, para ponerla en un papel que las personas pudieran tener en sus manos. A raíz de aquel descubrimiento, se enteró que su río venía desde muy lejos, de otros países. Muchos niños nadaron y jugaron en él. Había dado y seguía dando alimento a plantas, animales y seres humanos. Su tío le había dicho este río crea historia, relaciona personas y ciudades. ¡Y, ella lo tenía ahí a sus pies!... ¿Habría en ese torrente alguna lágrima de un niño triste?...

Cuántas impresiones tenía en cada gota de su caudal; siempre el mismo, cada vez uno distinto. Igual que su imagen que ella observaba en él, desde hacia años.

La misma, siempre distinta...

Lo pensó en voz alta, se estremeció de emoción; ojos húmedos, mejillas calientes... entreabrió sus labios, pero calló. No quería volver a escuchar que eso eran sus fantasías. Algún día lo diría...

Pues, Alma ya intuía una estela de esas, sus sensaciones, lanzada hacia delante. ¡Tanto oía hablar del futuro! ¿Eso sería adelante? ¿Qué forma, sabor y sustancia tendrían allá entonces en esa posibilidad, sus dudas y creencias?

Una golondrina que conocía siete primaveras la miró complacida... El boyero amigo se posó en su hombro, saboreando todavía una gota de miel de naranja... El sol volvía a su nido, la bruma emergía del río...

Como hoy, mañana, todo igualmente comenzaría de nuevo; igual y distinto. ¿Qué mejor juego vital se podía crear?

Alma fue descubriendo en esa jugada de la vida, su propio “vivo sentido” de estar creada para recrear; recreándose en ese protector ciclo de abundantes alternativas.

¡Qué manía! la de los relatores de anticiparse a... de contar antes de...

Nunca lo hubiera hecho un trovador, este hubiera esperado a descubrirlo para que lo descubramos.

¿Será ese un vicio de la llamada civilización? La naturaleza nunca se adelanta, ¡Ni se le ocurre!

Volvamos a ella, Alma.

Rodeada de coloridos verdes, constantes generaciones, ciclos repetidos. En ese escenario, la muerte se ofrecía como una generosa oportunidad, para abrir paso a mejores posibilidades. Allí y en ese proceso crecía Alma, por natural que para ella era, nunca dejaba de asombrarse. Disfrutaba de cada trino, de cada fruto que nacía, de cada nueva forma, olor o sabor que descubría.

A los siete años encontró en la vieja biblioteca de su abuela el tesoro de la juventud, colección añosa, y otros libros, en los que con la ayuda de su padre, se adentró en historias y leyendas. Sin duda, fue atrapada en el mundo del Rey Arturo y el mago de Merlín, que se convirtieron en sus personajes preferidos.

Durante días buscó a Merlín entre los árboles de los bosquecitos de los parajes cercanos. Cierto día, ya un poco desilusionada se dijo: si este no es el bosque de la casita de cristal, donde la historia dice que habitaba Merlín, él aquí debe tener una forma distinta. Entonces decidió con asombroso alivio, que el mago era su amigo el boyerito. Su alado compañero picoteaba la ventana cada mañana y la guiaba por caminos desconocidos. Siempre la llevaba al encuentro de algo nuevo que pasaba a formar su colección de tesoros de vida. Era también su compañero cuando por las tardes se sentaba a orillas del río, a contemplar todo lo que ese húmedo y correntoso espejo le ofrecía.

Ávida de lecturas, impulsada por su unión con la naturaleza y su acontecer sintió en el alma, el deseo de transmitir los mensajes recibidos en su experiencia de vida. Ese deseo era una nueva vida que nacía desde el alma de Alma, era su vivir.

No supo en que instante de su crecimiento, esa natural evolución constante que mansamente la inundaba, se convirtió en el “deseo de su alma”. ¡Tenía que comunicar lo descubierto en su mundo!...

No se sabe bien de que forma, Alma parecía estar fuera del tiempo; mientras, el almanaque marcaba alrededor de los dieciséis años de vida, se dijo: terminaré la escuela secundaria e iré a la gran ciudad a la Universidad. Allí aprenderé y encontraré los caminos para transmitir la sabiduría que mi río y su natural marco me enseñaron desde mi infancia.

Quería llevar por el mundo la “voz” de su río. Él le había contado tanto, y, sentía el impulso, el deseo, el deber de compartirlo. Esa comprensión del juego en conjunto, del suceder entero de la naturaleza era el “secreto” que quería compartir. Este le había sido dado en su vivir en dulce penetración con la naturaleza y sus seres queridos.

¡La vida era tan distinta conociéndolo!

No se refería solamente a cambios, sino a permanencias y transformaciones. A quedarse y pasar...

A los colores, aromas, texturas,...

Lo denso y lo sutil... en fin a todo lo que se vive.

Llegó a la Universidad repleta de expectativas; también de soledad y abandonos. Sus mayores no habían comprendido esa búsqueda. Tuvo que distanciarse de ellos y de su tan sentido lugar de la infancia. Los llevó adentro y partió a la gran ciudad.

Esa ruptura la hizo sentir extranjera; no obstante, su norte y su deseo, seguían en el mismo lugar.

Alma sufrió algunos choques en su nuevo mundo. La mayoría de los profesores de la Universidad no conocían los ríos, sino los mapas y, lo más sorprendente era que estos parecían desconocer aquella sabia relación que su tío Alejandro le contó: “los mapas son como una foto tomada de un espejo que achica la realidad para ponerla en un papel”. Hay una relación entre el mapa y el río pero no son la misma cosa. Sólo comprendiendo la forma de esa relación, podremos comprender algo del río. Sólo comprendiendo la forma de la relación entre el río, el sol, los árboles y la tierra... en el infinito natural con nosotros, podremos comprender algo del Todo.

Alma descubrió con asombro que en el mundo donde fue a buscar conocimiento, se sabía mucho de muchas cosas, pero poco de las relaciones entre ellas y con el Todo.

Alma había aprendido desde muy pequeña, que la sabiduría de la naturaleza estaba precisamente en la relación entre todos sus “seres”. Esa comunicación amorosa que los alimenta mutuamente y hace de todos un conjunto armonioso. Cuando se rompe esa armonía ocurren las catástrofes o la enfermedad. El caos, “el embrollo” como decía la tía Lola, es para hacer un nuevo orden... Todavía no lo entendía muy bien; pero pensó: tal vez será algo así como la muerte, que tan temida por la civilización, en la naturaleza era signo de una nueva vida.

Cuando Alma empezó a hablar de todas esas cuestiones, se alzaron voces imperativas, casi acusadoras.

Lo más suave que le decían era ¡Alma vos mezclas todo! ¡No! ¡No! volvía a decir Alma como en su infancia a su madre; las hojas no se confunden con las raíces y son de la misma planta y de ella se generan. Y, en uno de sus cuadernos escribió:

Raíz; tronco, hojas;

Flores, frutos,

Todos distintos...

Todos el mismo árbol...

Y se hace otros a través

De sus semillas.

En renovados ciclos,

Que la vida

Con su hilo teje.

Al expresar en esa poesía su comprensión que sentía en ese momento incomprendida; el corazón de Alma encontró alivio. En ese alivio retomó la visión de su río, revivió su paso debajo de sus piesecitos desnudos. Sus pies hubiesen deseado acompañar la corriente andariega... no se supo lo que los detuvo... y, aceleró su pecho en enlace con su cabeza y sus pensamientos. Con ese enlace fue con el corazón de su río... sólo un instante de esa danza compartida, y, nunca más se detuvieron.

Tengo mucho que agradecerle susurró Alma, a esa particular corriente que fue compañero y maestro de la infancia. Cuando se iba, me precipitaba dentro de mí. Allí se desplegaban otros horizontes.

Una lágrima lubricó aquella sentida visión de Alma...

Pasarían muchas lunas y vivencias hasta poder hallar aliento para continuar sus propósitos. Sobre todo aquel tan ansiado de enlazarse definitivamente con el “deseo de su alma y realizarlo”.

Buscó también en la lectura de los mitos y vidas de héroes y heroínas.

Fue precisamente en un tiempo de caos en el que unió la vida de su heroína preferida, Psique, con una peculiar mujer contemporánea. Y, así escribió: “La heroína o el deseo del alma”. En la metáfora de ese cuento volvió a comprender otras formas y facetas de ese motor de la vida que desde pequeña había resonado en su cabeza: “el deseo del alma”.

¿Vamos al cuento? ¿Lo compartimos?

UN MITO Y SU INSPIRACIÓN.

(Psique y Cupido)

“LA HEROÍNA O EL DESEO DEL ALMA”